JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Ya sé que no saldrás, porque no puedes tenerte en pie; pero te lo digo para que atiendas a las personas que puedan venir, y abras, si llaman; si ocurre esto último, está seguro que no seré yo.

—Gracias, buena Teresa, gracias, vete.

Salió el ama refunfuñando como de costumbre, pero durante mucho tiempo se oyeron todavía en la escalera sus tardos y perezosos pasos.

Tan pronto como se cerró la puerta, Rousseau se aprovechó de su aislamiento para arrellanarse tranquilamente en su silla, miró los pájaros que picoteaban en la ventana unas migas de pan, y respiró todo el sol que penetraba por entre las chimeneas de las casas contiguas.

No bien se sintió libre su juvenil y rápido pensamiento, cuando abrió las alas como los gorriones así que concluyeron su alegre comida.

De pronto rechinó sobre sus goznes de la puerta de entrada, y fue a sacar al filósofo de su dulce somnolencia.

—¡Cómo! —se dijo a sí mismo—, ¿ya he vuelto?… ¿Me habré dormido cuando creía que no hacía sino meditar?

Abrióse con lentitud la puerta del gabinete.

Rousseau, vuelto de espaldas hacia aquella puerta, y convencido de que Teresa era quien entraba, ni siquiera se molestó.


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