JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Te equivocas, Teresa, pues me pagan al mismo precio; es que me voy cansando y trabajo menos: además de que mi librero se ha retrasado en medio tomo.
—Ya verás cómo quiebra también.
—ConfÃo en que no, porque es un hombre de bien.
—Un hombre de bien, un hombre de bien… con decir eso supones que lo has dicho todo.
—A lo menos he dicho mucho —replicó Rousseau sonriéndose—, porque no lo digo de todo el mundo.
—¡Eso no es de extrañar, porque eres tan tosco!
—¡Teresa!, que nos separamos de la cuestión.
—SÃ, lo que tú deseas es que te traiga cerezas, glotón; que te compre flores, sibarita.
—¿Cómo ha de ser, amiga mÃa? —contestó Rousseau con la paciencia de un ángel—; tengo tan malo el corazón y la cabeza, que como me es imposible salir, a lo menos me servirÃa de recreo ver algo de lo que Dios arroja a manos llenas en los campos.
En efecto, Rousseau estaba pálido y encogido, y hojeaba con perezosa mano un libro que no leÃa.
Teresa movió la cabeza.
—Bueno, bueno —repuso—, me marcho por una hora, acuérdate de que pongo la llave debajo de la estera, y que si la necesitas…
—¡Oh!, no saldré —respondió Rousseau.