JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Pronunciando estas palabras, Rousseau, que se habÃa incorporado, volvió a caer en su sillón, diciendo:
—Y no obstante: yo no he sido tan culpable como pudiera creerse, pues al ver que una madre sin entrañas, cómplice mÃa a medias, olvidaba a sus hijos, como ocurre entre los animales, me dije a mà mismo: «cuando Dios ha permitido que una madre olvide, será porque debe olvidar». Pues bien, me engañé en aquel momento; y hoy, que me has oÃdo decir lo que jamás he dicho a nadie, no tienes derecho para seguir en tu engaño.
—¿Conque —preguntó el joven arrugando el entrecejo—, si hubierais tenido dinero para alimentar a vuestros hijos, no los hubierais abandonado?
—Teniendo, aunque no fuera más que lo necesario, no, jamás, lo juro.
Y Rousseau extendió solemnemente la mano hacia el cielo.
—¿Son suficientes veinte mil libras —preguntó Gilberto—, para mantener a un hijo?
—Sà —dijo Rousseau.
—Perfectamente —dijo Gilberto—, gracias, señor, ahora ya sé lo que tengo que hacer.
—Y en todo caso, como sois joven, trabajando podréis mantener a vuestro hijo —dijo Rousseau—. Pero ahora recuerdo que habéis hablado de crimen: ¿os buscan, os persiguen quizá?
—SÃ, señor.