JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Pues bien, aquí os quedaréis, hijo mío, porque la buhardilla sigue desocupada.

—Sois un hombre a quien quiero bien, maestro, y el ofrecimiento que me hacéis me llena de júbilo: efectivamente; sólo os pido un asilo, pues en cuanto a mi sustento, yo me lo proporcionaré, porque ya sabéis que no soy holgazán.

—Pues bien —dijo Rousseau con inquietud—, si estamos conformes, subid allá arriba, no os vea aquí mi señora. Como desde que os marchasteis nada encerramos en la buhardilla, la señora nunca sube a ella, y aun está allí vuestro jergón; colocaos, pues, del mejor modo posible.

—Gracias, señor; siendo así, voy a ser más afortunado que lo que merezco.

—¿Queréis alguna cosa más? —dijo Rousseau empujando con la vista a Gilberto fuera del cuarto.

—No, señor, pero escuchadme una palabra más.

—Decid.

—En Luciennes me acusasteis una vez de que os había traicionado; pero no falté entonces, señor, pues lo que hacía era seguir a mi amada.

—No hablemos de eso; ¿era lo único que teníais que manifestarme?

—Sí; y ahora, señor Rousseau, ¿cuando se ignoran las señas de uno que vive en París, es posible adquirirlas?


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