JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Y Gilberto, se escabulló tan ligero, que se hallaba en la buhardilla antes que Teresa hubiese subido al primer piso.
Provisto de las precisas señas que le había proporcionado Rousseau, Gilberto no tardó mucho en practicar su proyecto.
En efecto, apenas cerró la puerta Teresa, el joven, que había visto desde la buhardilla todos sus movimientos, bajó la escalera con tanta ligereza como si no estuviera debilitado por un largo ayuno. Por lo demás, llevaba llena la imaginación de ideas de esperanzas y rencor, y detrás de todo, divisaba una sombra vengadora que le aguijoneaba con sus quejas y acusaciones.
De manera que llegó a la calle de San Claudio en un estado difícil de descubrir.
Al llegar al patio de aquel palacio, Balsamo salía a acompañar hasta la puerta al conde de Rohán, que había ido a visitar a su generoso alquimista por un deber de atención.
Ahora bien, cuando el príncipe salió, deteniéndose por última vez para dar nuevamente las gracias a Balsamo, el pobre muchacho cubierto de harapos se deslizó como un perro, no atreviéndose a mirar a su alrededor por temor de deslumbrarse.