JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Gilberto se clavó con rabia las uñas en el pecho, pero nada contestó.
—Os perseguirá el hermano, y la hermana os mandará matar —continuó Balsamo—, si cometéis la imprudencia de andar paseándoos por las calles de ParÃs.
—¡Oh!, en cuanto a eso, nada me importa —dijo Gilberto.
—¿Cómo que os importa poco?
—SÃ; amaba a la señorita de Taverney, la amaba como nadie la podrá amar en el mundo, pero me despreció, a mÃ, que la miraba con tanto respeto; a mÃ, que dos veces la habÃa tenido ya en mis brazos sin propasarme siquiera a aplicar mis labios a la orla de su vestido.
—Efectivamente, y le habéis hecho pagar caro ese respeto; os habéis vengado de sus desprecios, ¿por qué medios? Por medio de una felonÃa.
—¡Oh!, no, no, la felonÃa no ha nacido de mÃ, pues me han proporcionado la ocasión de ejecutar el delito.
—¿Y quién os la ha proporcionado?
—Vos.
Se incorporó Balsamo como si le hubiera picado una vÃbora.
—¡Yo! —exclamó.