JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Vos; sÃ, señor, vos —volvió a decir Gilberto—: Caballero, vos dormisteis a la señorita Andrea y luego marchasteis a escape; a medida que os ibais alejando le faltaban las fuerzas hasta que cayó en tierra. Entonces la cogà en mis brazos para llevarla a su habitación, sentà su carne sobre la mÃa, y un mármol hubiera sentido lo que yo sentÃ… CedÃ… entonces, pero cedà a la fuerza del amor. ¿Soy tan criminal como dicen, caballero? Os lo pregunto a vos que sois la causa de mi desgracia.
Balsamo clavó en Gilberto una mirada triste y compasiva.
—Tenéis razón, joven —dijo—, yo soy la causa de vuestro crimen y del infortunio de esa doncella.
—Y en vez de poner remedio, siendo como sois tan poderoso, y debiendo ser tan bueno, habéis agravado la desgracia de la joven suspendiendo la muerte del criminal.
—Es verdad —contestó Balsamo—, habláis con acierto. Mirad, joven, de algún tiempo a esta parte soy una criatura maldecida, y todos mis designios toman al salir de mi cerebro formas siniestras y perjudiciales. Esto depende de desgracias que yo también he sufrido y que no comprendéis. No obstante, esta no es una razón para que yo haga sufrir a los demás: vamos, ¿qué es lo que deseáis?