JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Decidida estaba ya Andrea a perdonar lo que en su opinión era no ya una impertinencia sino una locura. La doncella, antes al contrario, considerándose ofendida, no se creÃa en el caso de ser perdonada.
—¡Es claro! No es muy a propósito la noche para distinguir los colores.
—¿Qué has dicho? —preguntó Andrea, que a pesar de ir ya entendiendo, no podÃa suponer tanta audacia.
—Digo, que si habláis con Gilberto siempre de noche como ayer, es mala hora para ver detalladamente sus facciones.
—¡Mira lo que dices! —repuso Andrea palideciendo—. ExplÃcate enseguida.
—Abandonando mis planes de prudencia, esta noche vi…
—Calla, que llaman.
Oyóse efectivamente en aquel momento una voz que repetÃa desde el jardÃn el nombre de Andrea.
—Es vuestro padre con el forastero que ha pasado aquà la noche.
—Baja; dile que no puedo responder, porque estoy indispuesta, y vuelve a terminar esta extraña disputa.
—¡Andrea! —gritó el barón—; este caballero desea saber cómo has pasado la noche.
—Anda —repitió Andrea señalando a Nicolasa la puerta con ademán imperioso.