JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Oh!, no os irritéis —dijo—, comprendo que soy un temerario, repito que es una temeridad alzar los ojos tan alto; pero ya está consumada la desgracia.

Andrea hizo un movimiento.

—El delito, si así lo deseáis —siguió diciendo Gilberto—, el delito, porque efectivamente es un delito muy grande. Pues bien, acusad a la fatalidad, señorita, pero jamás a mi corazón…

—¡Vuestro corazón, vuestro delito, la fatalidad…! Estáis loco y me dais miedo.

—¡Oh!, es imposible que pueda inspiraros otro sentimiento que no sea compasión, cuando os muestro tanto respeto y remordimiento; cuando os hablo con la frente inclinada y juntando las manos. Señorita, oíd lo que voy a deciros, que es un compromiso que contraigo en presencia de Dios y de los hombres. Quiero que toda mi vida esté consagrada a expiar el error de un instante; quiero que vuestra dicha venidera sea tan grande que borre todos los dolores pasados, señorita…

Gilberto vaciló.

—Transigid, señorita, con un matrimonio que santifique una unión criminal.

Andrea se hizo atrás un paso.

—No, no —dijo Gilberto—, no estoy loco; no intentéis huir, no me arranquéis estas manos que estrecho en las mías; por caridad, por compasión… consentid en ser mi esposa.


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