JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Vuestra esposa! —exclamó Andrea, presumiendo que ella era la que iba a volverse loca.
—¡Oh! —continuó Gilberto lanzando abrasadores gemidos—, ¡oh!, decid que me perdonáis, esa noche horrible, decid que mi delito os causa horror, pero que me perdonáis al ver mi arrepentimiento; decid que mi amor comprimido tanto tiempo justificaba mi delito.
—¡Miserable! —gritó Andrea con inmensa furia—, ¿conque fuiste tú? ¡Oh, Dios mÃo, Dios mÃo!
Apretó Andrea la cabeza entre sus manos, como para dificultar que huyera su indignado pensamiento.
Retrocedió mudo y petrificado Gilberto ante aquella hermosa y pálida cabeza de Medusa, que dejaba ver a un mismo tiempo terror y asombro.
—¡Esto es lo único que me faltaba. Dios mÃo! —exclamó la joven, de quien se apoderó una exaltación que crecÃa por momentos—, ¡mi nombre está doblemente deshonrado!, ¡deshonrado por el delito y por el criminal! ¡Responde, infame! ¡Responde, miserable! ¿Conque fuiste tú?
—¡No lo sabÃa! —dijo Gilberto estupefacto.
—¡Socorro!, ¡socorro! —gritó Andrea entrando en su cuarto—. ¡Felipe, Felipe, ven acá!
SeguÃala Gilberto sombrÃo y profundamente desesperado, miró en torno suyo por ver si encontraba un sitio en que caer con nobleza a los golpes que aguardaba, o un arma con que defenderse.