JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Nadie acudió a los gritos de Andrea porque estaba sola en su habitación.
—¡Sola!, ¡oh!, ¡estar sola! —exclamó la joven con rabia—, ¡sal de aquÃ, miserable! ¡No provoques la ira de Dios!
Gilberto levantó la cabeza con dulzura.
—Vuestra furia —murmuró—, es para mà más temible que todo lo demás; no me abruméis, pues, señorita, ¡tened compasión de mÃ!
Y juntó las manos en actitud suplicante.
—¡Asesino!, ¡asesino!, ¡asesino! —gritó la joven.
—¿Pero no queréis oÃrme? —exclamó Gilberto—: OÃdme al menos, y haced que me maten al punto si queréis.
—¡Qué te oiga! ¡También este suplicio! Vamos, ¿y qué es lo que tienes que decirme?
—Lo que ha poco dije; que he cometido un delito, delito bien disculpado para el que penetre mi corazón, y que deseo reparar ese delito.
—¡Oh!, ahora conozco el significado de esa palabra que me causaba horror aún antes de comprenderla… un matrimonio. ¿Creo que habéis pronunciado esta palabra?
—¡Señorita! —balbuceó Gilberto.