JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Un matrimonio! —prosiguió la altiva joven exaltándose cada vez más—. ¡Oh!, no es furor lo que siento hacia vos, sino desprecio, odio, y con este desprecio viene a mezclarse un sentimiento tan bajo y terrible, que no comprendo cómo hay quien soporte sin morirse su expresión tal como os la arrojó a la cara.
Gilberto palideció; dos lágrimas de rabia brillaron en sus párpados, y sus labios se adelgazaron quedándose tan blancos como dos hilos de nácar.
—Señorita —dijo tembloroso—; no valgo tan poco que no pueda servir para reparar la pérdida de vuestra honra.
Andrea se levantó.
—Si se tratase de honra perdida —dijo con orgullo—, serÃa la vuestra y no la mÃa. Tal como estoy, mi honra se halla intacta, y sólo casándome con vos me deshonrarÃa.
—Nunca pude creer —contestó Gilberto con tono seco y penetrante— que para una mujer que va a ser madre hubiese en el mundo otra consideración que la suerte futura de su hijo.
—Y yo no podÃa imaginar que os atreverÃais a ocuparos de esto —repuso Andrea, cuyos ojos chispeaban de rabia.