JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Por el contrario, me ocupo de ello, señorita —respondió Gilberto empezando a incorporarse bajo el encarnizado pie que le hollaba—; me ocupo de ello, porque no quiero que ese niño se muera de hambre, como sucede frecuentemente en las casas de los nobles, cuyas hijas entienden el honor allá a su modo. Los hombres se sirven entre sÃ, y algunos que valÃan más que los otros han proclamado esta doctrina. Comprendo que no me améis porque no veis mi corazón, y que me despreciéis, porque no sabéis lo que pienso; pero jamás comprenderé que me neguéis el derecho de ocuparme de mi hijo. ¡Ay! Al tratar de casarme con vos no era por la satisfacción de un deseo, una pasión, una ambición, sino por cumplimiento de un deber, y me condenaba a ser esclavo vuestro dándoos mi vida. ¡Dios mÃo!, aunque nunca hubieseis llevado mi nombre, si querÃais, aunque hubierais continuado tratándome como al jardinero Gilberto, esto habrÃa sido justo; pero no debÃais sacrificar a vuestro hijo. He aquà trescientas mil libras con que me ha dotado un protector generoso que me ha juzgado de distinto modo que vos. Si me caso con vos, este dinero es mÃo: ahora bien; por lo que hace a mi, señorita, únicamente necesito un poco de aire que poder respirar, si vivo, y un sepulcro donde descanse mi cuerpo, si muero. Lo demás que poseo, es para mi hijo; mirad, aquà están las trescientas mil libras.