JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Pero en aquel momento entró por la puerta del jardín una criada de servir, provista de una recomendación. Andrea la admitió, pues instaló su paquete de ropa en la habitación que Nicolasa ocupó en otro tiempo: pronto varias compras de muebles, utensilios y provisiones, confirmaron al vigilante Gilberto en la certeza de que los dos hermanos pensaban habitar allí tranquilamente.
Examinó Felipe, y mandó examinar con el mayor cuidado, las cerraduras de la puerta del jardín, lo cual probó más que nada a Gilberto que suponían que había entrado con una llave falsa que quizá le había dado Nicolasa. Así es que hallándose Felipe delante, mudó un cerrajero las guardas de la cerradura.
Aquella fue la primera alegría que Gilberto sintió después de todos los sucesos narrados. Se sonrió irónicamente murmurando:
—¡Pobre gente!, poco peligro me puede venir de ella: ¡la emprenden con la cerradura, y ni siquiera sospechan que he tenido fuerzas para escalar las paredes! ¡Qué idea tan pobre tienen de ti, Gilberto! Tanto mejor. Sí, orgullosa Andrea —agregó—; a pesar de las cerraduras de tu puerta, podría penetrar en tu casa si quisiera… Pero no —continuó con amargura—… ¡esto es más digno de mí, y ya no os quiero…! ¡Descansad en paz, pues no necesito poseeros para atormentaros a mis anchas; dormid!