JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Velaré, pues, Andrea! —dijo en tono solemne aproximándose a la ventana—; velaré de día y de noche, y no harás un movimiento sin que yo lo espíe. ¡Andrea, eres presa mía; una parte tuya es mi bien, y desde hoy vigilo, sí, vigilo!

Acercóse entonces a la claraboya y vio abrir las persianas del pabellón, deslizándose la sombra de Andrea sobre las cortinas y sobre el pavimento del cuarto, reflejada indudablemente por algún espejo.

Luego llegó Felipe, que se había levantado más temprano, pero que había estado escribiendo en su cuarto, situado detrás del de Andrea.

Notó Gilberto cuan animada era la conversación de los dos hermanos, y con seguridad hablaban de él, de la escena de la víspera, pues Felipe se paseaba con una especie de perplejidad. Quizá había modificado la llegada de Gilberto los proyectos de instalación, y acaso iban a buscar en otro sitio la paz, las tinieblas y el olvido.

Cuando Gilberto concibió esta idea, convirtiéronse sus ojos en rayos luminosos que hubieran incendiado el pabellón y penetrado hasta el centro del mundo.


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