JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Su hijo! He aquí el secreto. ¡Es preciso que nunca posea ese hijo, a quien enseñaría a aborrecer el nombre de Gilberto; es preciso, al contrario, que sepa que ese hijo crecerá aprendiendo a odiar el nombre de Andrea! En resumen, ese hijo a quien ella no querrá, a quien tal vez atormentaría, porque tiene mal corazón, ese hijo con que me estaría castigando perpetuamente, es necesario que jamás lo vea Andrea, y que exhale, cuando lo haya perdido, rugidos semejantes al de la leona cuando le quitan sus cachorros.

Se incorporó Gilberto hermoseado por la ira y una alegría bárbara.

—Esto es —dijo extendiendo el puño hacia el pabellón de Andrea—; me condenas a la vergüenza, a la soledad, al remordimiento y al amor, y yo te condeno a sufrir inútilmente, a vivir aislada, a la afrenta, al terror y a un odio sin venganza. Me buscarás, pero en vano, porque habré huido; llamarás al niño, aunque sea para despedazarle si le encuentras, pero a lo menos habré encendido en tu alma un volcán de furiosos deseos; habré clavado en tu corazón una hoja sin puño… ¡Sí, sí, el hijo! Y lo tendré, Andrea; no tu hijo, como dices, sino el mío. Gilberto se apoderará de su hijo, hijo noble por parte de madre… ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!

Y cobró animación insensiblemente hasta inundarse de gozo.


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