JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Después, en el borde de la parte saliente de la pared, encorvado y con los ojos clavados en el suelo, se puso a meditar profundamente.
—Lo que puede desear Andrea —dijo—, es lo que yo aborrezco: es necesario, pues, destruir todo lo que aborrezco… ¡Destruir! ¡Oh!, no… ¡Que no me lleve a proceder mal mi deseo de venganza! ¡Qué jamás me obligue a valerme del acero o el fuego! ¿Qué me queda entonces? Helo aquÃ: investigar la causa de la superioridad de Andrea; ver por medio de qué cadena va a aprisionar a un mismo tiempo mi corazón y mi brazo… ¡Oh! ¡Dejar de verla…! ¡Pasar sin que ella me mire…! ¡Pasar, digo, a dos pasos de esa mujer, cuando sonriéndose con su insolente hermosura conduzca de la mano a su hijo, su hijo que jamás me conocerá…! ¡Malditos sean el cielo y la tierra! Y acentuó esta frase dando furioso un puñetazo en la pared, y lanzando un apostrofe más terrible todavÃa, que voló hacia el cielo.