JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Una amplia alameda de robles, plátanos y tilos, extendiéndose desde cada ángulo de los pabellones, subía hasta un espeso bosquecillo, en donde anidaban multitud de aves, cuyos delicados gorjeos al despuntar la aurora, se oían en el castillo. Dirigióse Balsamo por el sendero de la izquierda, y a los veinte pasos se encontró en una floresta, donde las rosas y violetas, regadas la víspera por la lluvia de la tormenta, despedían aromas deliciosos. La madreselva y los jazmines, aparecían al través de los arbustos, y una larga calle de cárdenos lirios, salpicada de fragarias, perdíase en un bosque de enmarañadas floridas zarzas y espinas rosadas.
Al llegar a la parte culminante del terreno, percibió las ruinas de un antiguo y majestuoso castillo, edificado sobre una peña. Sólo restaba medio torreón que aparecía entre un enorme amontonamiento de piedras y escombros, sobre los cuales ascendían largas guirnaldas de yedra y vides silvestres, como hijos salvajes de la destrucción, a quienes la Naturaleza ha puesto sobre ruinas, para probar al hombre que hasta en ellas mismas se halla fecundidad.