JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Señora —respondió Felipe—, ¿deseáis tener la bondad de oÃr mis últimas explicaciones?… Mi hermana acepta el favor de Vuestra Altera Real, pero yo no debo aceptarlo.
—¿Qué no aceptáis?
—No, señora… he recibido una ofensa de la corte, y los enemigos que me han afrentado hallarán medio de descargar sobre mà un golpe más funesto si me vieran en mayor elevación.
—¡Cómo! ¿Y aun protegiéndoos yo?
—Señora, por eso mismo —dijo Felipe resueltamente.
—¡Es verdad! —murmuró la princesa poniéndose pálida.
—Y además, señora; no… se me olvidaba, se me olvidaba al hablaros que ya no hay felicidad para mà en la tierra… se me olvidaba que después de volver a la oscuridad, no debo salir de ella: en la oscuridad, el hombre que tiene corazón reza y se acuerda.
Pronunció Felipe estas palabras con un acento tal que hizo estremecer a la princesa.
—DÃa llegará —dijo esta—, en que tenga derecho para decir lo que en este instante sólo puedo pensar. Caballero, vuestra hermana puede entrar en San Dionisio cuando guste.
—Gracias, señora, gracias.
—En cuanto a vos… deseo que me pidáis algo.