JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pero, señora…
—¡He dicho que lo deseo!
Felipe vio bajarse hacia él la mano de la princesa, y aquella mano permanecÃa colgando como si aguardara: quizá sólo expresaba la voluntad.
Arrodillóse el joven, cogió aquella mano, con lentitud, con el corazón lleno de vanidad, palpitando, y aplicó a ella sus labios.
—Veamos qué es lo que solicitáis —dijo la delfina tan conmovida que no retiró la mano.
Felipe inclinó la cabeza, y una ola de sombrÃos pensamientos le inundó como al náufrago en una tempestad… durante unos cuantos segundos permaneció mudo e inmóvil, y alzándose después descolorido y con los ojos apagados:
—Un pasaporte para abandonar a Francia —dijo—, el dÃa en que mi hermana ingrese en el convento de san Dionisio.
Retrocedió la delfina como espantada, y luego, al ver aquel dolor, que seguramente comprendió y del que quizá participaba, no se le ocurrió decir otra cosa que estas palabras ininteligibles:
—¡Está bien!
Y alejóse por una calle de cipreses, únicos árboles que habÃan conservado intactas sus eternas hojas, adorno de los sepulcros.