JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Se acercaba el día de pena y afrenta, y a pesar de las visitas, cada vez más frecuentes, del bondadoso doctor Luis, a pesar de los afectuosos cuidados y los consuelos de Felipe, Andrea se afligía de hora en hora, como los condenados a muerte a medida que va acercándose el momento postrero.
El infeliz hermano encontraba algunas veces a Andrea pensativa y temblorosa; sus ojos estaban enjutos, y pasaba días enteros sin pronunciar una palabra. Luego se levantaba de pronto y daba dos o tres vueltas con precipitación por su aposento, intentando como Dios libertarse de sí misma, es decir, del dolor que la estaba matando.
Por fin llegó una tarde en que, al verla más pálida, inquieta y nerviosa que de costumbre, Felipe envió a buscar al doctor para que fuese aquella misma noche.
Era el 29 de noviembre, y Felipe había tenido la habilidad de que Andrea permaneciese levantada hasta muy tarde, suscitando una conversación triste y reservada acerca de lo que temía la joven, como teme el herido que pongan la mano en su herida fuertemente o con poca maña.