JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Ahora ya sabéis que hemos ajustado una nodriza. Al pasar por la Punta del Día, que es donde habita esa mujer, le avisé que estuviese preparada… Pero nadie más que vos debe conducirla aquí, ni es preciso que vea a nadie más… Aprovechaos, pues, del sueño de la enferma, y partid en el carruaje que he traído.

—¿Pero y vos, doctor?

—En la Plaza Real tengo un enfermo casi desahuciado. Quiero terminar la noche a la cabecera de su cama, a fin de presenciar el uso de los remedios y su resultado.

—Cuidado con el frío, doctor.

—He traído capa.

—¿Y mañana, doctor?

—A las ocho estaré aquí. Adiós.

El médico indicó a la criada lo que tenía que hacer, disponiendo que se separase poco del lado de la enferma, pues quería colocar al hijo cerca de la madre; pero acordándose Felipe de lo que últimamente le había manifestado su hermana, le rogó lo alejase.

El doctor colocó al niño en el cuarto de la criada, y después se escabulló por la calle de Montorgueil, mientras el fiacre conducía a Felipe hacia la parte de Roule.

Se durmió la criada en el sillón junto a su ama.


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