JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Tráeme a mi hijo! —exclamó la madre con una explosión que debió destrozar su alma, pues de sus ojos, que habÃan permanecido secos aun en medio de sus sufrimientos, saltaron dos lágrimas, a cuya vista debieron sonreÃrse allá en el cielo los ángeles que protegen a los niños.
Penetró Margarita en la habitación, y Andrea, reclinada como estaba sobre las almonedas, se tapó el rostro con las manos.
La criada volvió al momento asombrada.
—¿Qué sucede? —dijo Andrea.
—Señora, alguien ha venido.
—¿Cómo alguien?
—Señora, el niño no se encuentra ahÃ…
—Efectivamente —dijo Andrea—, hace poco que oà ruido y como pasos… Habrá venido el ama entretanto tú dormÃas y no habrá querido despertarte… Pero ¡y mi hermano!, ¿dónde está? Mira en su habitación.
Fue Margarita al aposento de Felipe; pero no halló a nadie…
—¡Es muy raro —dijo Andrea palpitándole el corazón— que mi hermano haya vuelto a marchar sin verme!
—¡Ah!, señora —exclamó al momento la criada.
—¿Qué hay?
—¡Acaba de abrirse la puerta de la calle!