JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Queréis, acaso, saber qué hora es?
—No, no…
Y no apartaba la vista de la puerta del aposento contiguo.
—¡Ah!, ya entiendo; ¿queréis saber si ha vuelto el señorito?
Se veÃa a Andrea combatir contra su deseo con toda la energÃa de un corazón vehemente y generoso.
—Quiero… —articuló al fin— quiero… Abre esa puerta, Margarita.
—Bien, señora… ¡Ah! ¡Qué frÃo hace ahà fuera…! ¡Qué aire, señora, qué aire!
En efecto, el viento llegó hasta el dormitorio de Andrea, agitando la llama de las bujÃas y de la lamparilla.
—La nodriza habrá dejado abierta alguna puerta o ventana… Margarita, ese niño debe sentir frÃo…
La criada se dirigió hacia el cuarto inmediato.
—Voy a taparle, señora —dijo.
—¡No… no! —murmuró Andrea con voz breve y entrecortada—; tráemelo.
Se paró Margarita en mitad del cuarto.
—Señora —dijo dulcemente—, el señorito Felipe encargó mucho que dejase allà al niño… por miedo sin duda de incomodaros o causaros alguna emoción.