JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Quizá —pensó Andrea—, ha llegado la nodriza, pues oigo la puerta principal… Alguien anda en la habitación contigua, y la criatura no se queja… es que ya se extiende sobre ella una protección extraña, y tranquiliza su informe inteligencia. ¡Oh! ¡Seguramente es la madre que cuida del niño por unos cuantos escudos…! ¡SÃ, el hijo salido de mis entrañas, encontrará una madre; y más tarde, cuando pase cerca de mÃ, que tanto he sufrido, y que le he dado vida a costa de la mÃa, ese niño no se morirá, y llamará madre a una mujer mercenaria, más generosa con su interesado cariño, que yo con mi justo resentimiento! ¡Esto no será asÃ… he sufrido, he comprado el derecho de mirar a esa criatura a la cara, y lo tengo para obligarla a que me ame por los cuidados que le prodigué, y a que me respete por mis sacrificios y mis dolores!
Y con un movimiento más acentuado, reunió sus fuerzas y se puso a llamar:
—¡Margarita! ¡Margarita!
Despertó la criada pesadamente, y sin moverse de su sillón, en que la tenÃa clavada un entorpecimiento casi letárgico.
—¿No me has oÃdo? —preguntó Andrea.
—¡SÃ, señora, sÃ! —dijo Margarita, que acababa de comprender. Y se acercó a ella.
—¿Deseaba beber, señora?
—No…