JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Pero enseguida se respondió a sà misma:
—¿Y por qué me he de interesar por sufrimientos de nadie, cuando yo soy la criatura más infortunada del Universo?
Lanzó el niño otro grito más articulado y lastimero, y entonces advirtió Andrea que aquella voz despertaba al parecer en ella otra voz inquieta; entonces sintió atraÃdo su corazón por un lazo invisible hacia el ser abandonado que gemÃa de aquella suerte.
Se efectuó lo que habÃa presentido la joven; la Naturaleza realizó una de sus preparaciones, y el dolor fÃsico, ese poderoso atractivo, soldó el corazón de la madre con el más mÃnimo movimiento de su hijo.
—Es preciso —pensó Andrea—, que ese pobre huérfano que está gritando en este momento, no pida venganza contra mà al cielo. ¡Dios ha dado a esas criaturas, apenas salidas a luz, una voz muy elocuente!
Andrea levantó la cabeza y quiso llamar a su criada; pero su débil voz no pudo despertar a la robusta aldeana; además de que el niño habÃa cesado de gemir.