JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pero, señorita —contestó la criada—, ya sabéis que el niño no está ahÃ.
—¡Cómo! ¿Qué es lo que dices? —replicó Felipe.
Miró Andrea a su hermano con ojos espantados.
Corrió el joven hacia la cama de la criada, buscó en ella, y no hallando nada, lanzó un grito terrible.
SeguÃa Andrea sus movimientos en el espejo, y al ver que volvÃa pálido y con los brazos inertes, comprendió la verdad en parte; entonces, contestando con un suspiro, como si fuera un eco, al grito de su hermano, se dejó caer sin sentido sobre la almohada. Felipe no esperaba, ni aquella nueva desgracia, ni aquel dolor tan grande, pero reuniendo toda su energÃa consiguió volver a Andrea a la vida a fuerza de caricias y consuelos.
—¡Mi hijo! —sollozaba Andrea—, ¡mi hijo!
—Salvaremos a la madre —dijo Felipe para sus adentros—. Hermana, mi buena hermana, no parece sino que todos estamos locos cuando hemos olvidado que el doctor se llevó consigo al niño.
—¡El doctor! —exclamó Andrea con el padecimiento de la duda, y la alegrÃa que infunde la esperanza.
—SÃ, sÃ. ¡Ah! Aquà pierde uno el juicio.
—Felipe, ¿me lo juras?
—Hermana mÃa, tú tienes tan poco juicio como yo… ¿Cómo quieres que ese niño… haya desaparecido?