JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Y mostró una sonrisa falsa que ganó a la nodriza y a la criada.
Andrea se reanimó.
—No obstante —dijo—, yo he oÃdo…
—¿Qué?
—Pasos.
Felipe se conmovió.
—No es posible, pues te encontrabas dormida.
—No, no, que estaba bien despierta: ¡te aseguro que he oÃdo pasos!
—Pues bien, seguramente era el buen doctor que habrá vuelto por el niño asà que yo me marché, temeroso por su salud… Además, me habÃa hablado de ello.
—Me tranquilizas.
—¿Y cómo no te habÃas de tranquilizar siendo una cosa tan sencilla?
—Y entonces —contestó la nodriza—, ¿qué es lo que yo hago aqu�
—Es cierto… El doctor os espera en vuestra casa.
—¡Oh!
—Pues entonces en la suya. Esta Margarita dormÃa con un sueño tan profundo, que nada habrá oÃdo de lo que decÃa el doctor… o este no habrá querido decirle nada.
Cayó Andrea en un estado más sosegado después de aquella sacudida terrible.