JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Llegó por fin el día fatal, después de otros diez días que Gilberto vivió entre angustias, y diez noches que permaneció sin dormir. A pesar del rigor del frío se acostaba con la ventana de par en par, y cada movimiento que hacía Andrea o Felipe, correspondía con su oído como corresponde la campanilla con la mano que tira del cordón Aquel día vio a Felipe y Andrea conversando junto a la chimenea, y a la criada salir presurosamente para Versalles, no acordándose cerrar las persianas, Al momento corrió a avisar a su cochero, y permaneció delante de la cuadra todo el tiempo que empleó en la operación de enganchar, mordiéndose los puños y crispando sus pies sobre el empedrado para reprimir su impaciencia. Por último, montó a caballo el postillón, y Gilberto subió al cabriolé, al cual mandó detener en la esquina de una callejuela desierta, situada en las cercanías de la alhóndiga.
Volvió luego a casa de Rousseau y escribió una carta de despedida al bondadoso filósofo, dando las gracias a Teresa, manifestando que una corta herencia lo llamaba al Mediodía; pero que volvería aunque sin hacer indicaciones terminantes. Después, con su dinero en el bolsillo y un puñal en el seno, pensaba escurrirse a lo largo del canalón, cuando lo detuvo una idea.