JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Se aproximó entonces Gilberto a la persiana, dejando señaladas sus huellas en la alfombra de nieve, en la cual se hundía hasta el tobillo. Vio a Andrea durmiendo en su lecho, a Margarita aletargada en el sillón, y buscando al hijo junto a la madre no lo halló.

Comprendió al momento en qué consistía, se dirigió hacia la puerta de la gradería de piedra, la abrió no sin hacer ruido, lo cual le llenó de miedo, y penetrando hasta el lecho que fue de Nicolasa, puso a tientas sus helados dedos sobre el rostro del infeliz niño, a quien arrancó el dolor los gritos que oyó Andrea.

Después, abrigando al recién nacido en una mantilla de lana, se lo llevó consigo, dejando la puerta entornada para no volver a hacer aquel ruido tan peligroso.

Un minuto más tarde abandonaba el jardín y salía a la calle, yendo en busca de su cabriolé. Despertó al postillón que dormía envuelto en su capote, y corrió la cortina de cuero, mientras que el cochero volvía a montar a caballo.

—Medio luis para ti —le dijo—, si dentro de un cuarto de hora hemos pasado la barrera.

Los caballos, que estaban muy bien herrados, partieron a galope.


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