JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Se separó Andrea de los brazos de su hermano, y sostenida por una hermana lega se adelantó sin dejar de mirarle en la tétrica oscuridad del convento.
Mientras Felipe pudo verla, le hizo señas con la cabeza y luego con un pañuelo que agitaba en el aire hasta que al fin recogió el adiós postrero que Andrea le dirigió desde el fondo de aquel camino oscuro. Entonces se interpuso entre ellos una puerta de hierro, resonando de un modo lúgubre, y todo terminó.
Tomó Felipe la posta de San Dionisio mismo, y con su maleta en la guipa corrió toda la noche y el día siguiente, llegando al Havre aquella noche. Descansó en la primera posada que encontró al paso, y al amanecer estaba ya preguntando en el muelle qué buques saldrían antes para América.
Le dijeron que aquel mismo día se hacía a la vela para Nueva York el brick Adonis, y enseguida fue en busca del capitán, quien terminaba sus últimos preparativos. Admitido como pasajero, para lo cual pagó el precio del viaje, escribió por última vez a la delfina manifestándole su respetuoso cariño, su inefable gratitud, mandó su equipaje a bordo y se embarcó a la hora de la marea.