JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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»Os lego a mi hermana, pobre flor abandonada, que no recibirá más rayos de sol que el de vuestra brillante mirada; dignaos de vez en cuando bajar hasta ella los ojos y en medio de vuestros goces y de vuestra omnipotencia, entre el concierto de unánimes votos, os ruego que contéis con la bendición de un desterrado, a quien no oiréis, y que acaso no vuelva a veros».

Al terminar su lectura se le oprimió a Felipe el corazón, siendo necesario confesar que el melancólico ruido que hacía el buque al balancearse y el estrépito de las olas que iban a estrellarse contra la porta, hubieran entristecido imaginaciones más alegres que la suya.

Larga, dolorosa fue la noche para el joven, sin que calmara su ánimo la visita que a la mañana siguiente le hizo el capitán, quien le manifestó que la mayor parte de los pasajeros tenían miedo al mar y no salían de su cámara, y que la travesía prometía ser corta, pero fatigosa, a causa de lo impetuoso del viento.

Felipe contrajo el hábito de comer con el capitán y hacer que le sirvieran el almuerzo en su cámara; y como no se sentía muy fuerte contra las molestias del mar, acostumbraba pasar algunas horas en el combés, embozado en su capa y tendido.


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