JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico El resto del tiempo lo empleaba en trazarse un plan de conducta para lo sucesivo, y sostener su espíritu en sólidas lecturas. Algunas veces se encontraba con sus compañeros de viaje, que eran dos señoras que iban a recoger una herencia en la América del Norte, y cuatro hombres, uno de los cuales, que ya era viejo, iba acompañado de dos niños. Estos eran los pasajeros de la cámara de popa, y en cuanto a los de proa, Felipe divisó una vez algunos hombres vulgarmente vestidos, y nada advirtió en ellos que excitase su atención.
A medida que con la costumbre se disminuían sus sufrimientos, Felipe iba adquiriendo tranquilidad lo mismo que el cielo, pues hubo unos cuantos días hermosos, puros y sin tormenta, que anunciaron a los pasajeros que se aproximaban a latitudes templadas. Entonces permanecían más tiempo en el puente; y hasta de noche, Felipe, que se había propuesto no tratarse con nadie, y que había ocultado su nombre al capitán por no tener conversación acerca de ninguno de los extremos que tanto temía, oía desde su cámara pasos sobre su cabeza, y aun la voz del capitán, quien se paseaba con algún pasajero. Como esto era una razón para no subir, abría su porta para respirar un poco de fresco, y aguardaba a que fuese de día.