JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Sólo una noche que advirtió que todo estaba en silencio subió al puente. La noche era calurosa, el cielo nublado, y detrás del buque, en la estela que iba dejando, se veÃan brotar en medio del torbellino de espuma millares de ráfagas fosforescentes.
Sin duda pareció aquella noche a los pasajeros demasiada oscura y tempestuosa; pues a nadie encontró Felipe en la toldilla; únicamente en la proa, inclinada sobre el bauprés, dormÃa o meditaba una figura negra, que Felipe percibió con trabajo en medio de la oscuridad; algún pasajero de cámara de proa, seguramente, algún pobre desterrado que miraba hacia delante, deseando el puerto americano, en tanto que Felipe echaba de menos el puerto francés.
Durante mucho tiempo estuvo contemplando Felipe a aquel viajero, inmóvil en su actitud; pero como el frÃo de la mañana iba haciéndose demasiado penetrante, se disponÃa a entrar en su camarote. Entretanto el pasajero de proa examinaba también el cielo que empezaba a blanquear, y Felipe se volvió al oÃr que se aproximaba el capitán.
—¿Estáis tomando el fresco capitán? —le dijo.
—No, que me he levantado ahora.
—Pues, amigo, vuestros pasajeros os han ganado por la mano.