JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —SÃ.
—¿Y cómo se ha realizado ese prodigio?
—La señorita me ha dotado.
—Eres muy afortunada, y recibe por ello mi felicitación.
—Mira —dijo la joven mostrando en su mano los veinticinco luises y mirando al mismo tiempo a su amante por si advertÃa en sus ojos un rayo de gozo o cuando menos de ambición, de avaricia; pero este prosiguió con la misma indiferencia.
—No es mala cantidad por mi fe.
—Pues no es esto sólo —añadió Nicolasa—: El barón va a ser nuevamente rico: se trata de reedificar la Casa-Roja y hermosear a Taverney.
—Ya lo considero.
—Y en este caso, será preciso cuidar el castillo.
—Es evidente.
—Pues bien; la señorita da el empleo de…
—De portero al feliz esposo de Nicolasa —interrumpió Gilberto con una ironÃa tan marcada, que aquella no pudo dejar de molestarse: sin embargo, se contuvo y añadió:
—SÃ, al feliz esposo de Nicolasa, ¿no adivinas quién es?
—Ignoro a quién querrás referirte.