JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Su acento resonó por fin con gritos de rabia. Mirando hacia París, o mejor dicho, en la dirección en que creía que estaba aquella ciudad, dejó escapar mil terribles imprecaciones contra los que habían vencido su valor y fuerzas, y mesando desesperadamente sus cabellos con ambas manos, giró sobre sus pies y cayó a tierra convencido y, por tanto, con el consuelo de haber luchado lo mismo que un héroe de la antigüedad hasta el último momento.
Presa de mortal angustia quedó tendido en el polvo con los puños crispados y la mirada amenazadora.
Cerráronse sus ojos, aflojáronse sus músculos y cayó desvanecido.
—¡Eh…!, ¡eh…!, cuidado —gritó en aquel instante una voz ronca acompañada de los chasquidos de un látigo.
Gilberto nada pudo oír.
—¡Eh, eh, apártate o te aplasto, demonio!
Estas voces fueron acompañadas de un latigazo que alcanzó a Gilberto en la cintura; pero este permaneció insensible e inmóvil a pesar de aquel estimulante.