JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Oyóse en el coche un grito de terror cuando ya estaba el joven a punto de ser destrozado por las ruedas. El postillón hizo un esfuerzo sobrenatural, no pudiendo, sin embargo, contener al caballo delantero que saltó por encima de Gilberto. Los otros dos se detuvieron, y una señora, asomándose a la portezuela, exclamó con acento angustiado:
—¡Pobre criatura, ay, Dios mÃo! ¡Ya estará muerto sin duda!
—Señora…, tal creo —respondió el postillón, procurando ver al joven al través del polvo que levantaban los caballos.
—Pobrecito… no paséis adelante… parad el coche —dijo la viajera saltando precipitadamente al camino.
También se habÃa apeado el postillón y se ocupaba en apartar de entre las ruedas el cuerpo de Gilberto, que creÃa encontrar ensangrentado y muerto.
—¡Qué felicidad! —exclamó—; nada le ha ocurrido.
—Pero ha perdido el sentido.
—De miedo quizá; le pondremos junto a la zanja y, como tenéis prisa, continuaremos nuestro camino.
—Imposible, no puedo abandonarle en ese estado.
—¡Bah!, no tiene ni siquiera una contusión, y volverá en sÃ, sin necesitar auxilio alguno.