JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No, no, pobrecito… tan joven, acaso sea un desertor de colegio que habrá querido emprender un viaje superior a sus fuerzas. Observad qué pálido está: se morirÃa. No, no le abandonaré. Colocadle con cuidado en la berlina.
El postillón obedeció enseguida, y la señora, que habÃa vuelto a ocupar su asiento durante aquella operación, dijo:
—¡Adelante!, y si recuperáis estos diez minutos que hemos perdido, os regalo un doblón.
Crujió el látigo del cochero, y los caballos, con este aviso, partieron a todo escape.