JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Cómo, señora! ¿No formáis parte de la escolta? —preguntó Gilberto creyéndose que aquel era un carruaje rezagado, y que toda aquella prisa era sólo ocasionada por, el afán de ocupar cuanto antes su puesto.
—El deseo de instruirse es laudable —replicó la joven—, pero la indiscreción es inconveniente.
—Perdonad, señora —dijo Gilberto abochornado.
—¡Vamos!, ¿qué hacemos? —preguntó la señora al postillón con imperiosa voz.
—Iremos detrás hasta Vitry, y si Su Alteza se detiene, pediremos permiso para proseguir el viaje.
—Pero se enterarán y sabrán que yo… no, eso no conviene; veamos otro medio.
—Si me permitieseis os darÃa un consejo —interrumpió Gilberto.
—Vamos a ver, amigo mÃo, y si es bueno lo seguiremos.
—Si tomásemos una trocha y rodeásemos la población, nos hallarÃamos delante de la princesa sin acusarnos de perder el respeto.
—¡No dice mal este joven, postillón! ¿Conocéis travesÃa alguna?
—¿Qué conduzca adónde?
—Dondequiera, con tal de que nos adelantemos a la princesa.