JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Una legua habrían caminado ya, cuando la joven dio un grito de alegría, e inclinándose al mismo tiempo sobre el banquillo del coche con tan poca precaución, que cubrió con su cuerpo completamente al de su compañero.

Había divisado los últimos carruajes de la escolta que subían trabajosamente una cuesta sobre la cual se veían ordenados veinte coches, distinguiéndose también casi todos los viajeros que habiéndose bajado, la subían a pie para aliviar algún tanto a los caballos.

Gilberto separó el vestido, y deslizándose, asomó su cabeza por encima del hombro de la viajera, hincándose sobre el asiento intentando descubrir con sus abrasadoras miradas a la señorita de Taverney en aquella multitud de ascendientes pigmeos, entre los que le pareció reconocer a Nicolasa.

—¿Qué hago ahora? —preguntó el postillón.

—Adelantar a toda esa comitiva.

—No es posible, señora; no se puede dejar atrás a la princesa.

—¿Por qué?

—Porque está prohibido. ¡Diablo! ¡Pasar delante de los caballos del rey! Iría a presidio.

—¡Pues es indispensable que así lo hagas!, arréglate de la mejor manera posible.


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