JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Tomólo el postillón, y el carruaje salió con la rapidez del viento.
Bajóse Gilberto durante la parada para lavarse la cara y las manos, habiéndose mejorado mucho con esta operación, y se ocupó luego en alisar sus cabellos, que eran hermosísimos.
—En verdad que no es muy mal parecido mi futuro médico —dijo para sí su compañera al mismo tiempo que le miraba sonriendo cuando volvió a subir.
Sonrojóse Gilberto cual si adivinara lo que daba motivo a la sonrisa de la viajera.
Cuando esta terminó su diálogo con el postillón, dirigióse hacia el joven filósofo, cuyas paradojas, viveza de carácter y máximas, le habían agradado en extremo.
Interrumpíase, no obstante, en medio de alguna carcajada, provocada por alguna respuesta que olía a filosofismo a una legua en circunferencia, para asomarse y extender una mirada a lo largo del camino; pero si tocaba ligeramente su brazo el rostro de Gilberto, o su torneada rodilla se apoyaba sobre su cuerpo, la hermosa viajera se divertía al observar el contraste que formaban los ojos del futuro médico, humildemente inclinados, con el vivo carmín que coloreaba sus mejillas.