JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Sin duda ya cansado de explorar inútilmente el camino, el desconocido se acercaba al caballo y le examinaba al parecer con inteligencia, arriesgándose a pasarle por la grupa su adiestrada mano o a pellizcarle sus delgadas piernas. Tan pronto como evitaba la coz con que contestaba el animal a cada una de sus tentativas, volvÃa a su observación dirigiendo de nuevo su vista a la carretera completamente desierta. En fin, viendo que nadie venÃa, se decidió a dar golpes en el postigo.
—¡Hola! ¿No hay nadie? —gritó.
—¿Quién llama? —preguntó un hombre abriendo al mismo tiempo la ventana.
—Si está de venta ese caballo —dijo el extranjero—, ya habéis hallado comprador.
—Amigo mÃo, esta no es feria —contestó el aldeano cerrando de nuevo el postigo.
No satisfizo esta respuesta al extranjero, y volvió a llamar de nuevo.
Era un hombre que representaba cuarenta años, alto y robusto, color tostado, barba roja, la nerviosa mano se ocultaba bajo los encajes del ancho puño de su camisa. CubrÃa su cabeza un sombrero con galones, e inclinado sobre la sien izquierda a la usanza de los oficiales de provincia cuando quieren atemorizar a los parisienses.
Llamó por tercera vez, e impacientándose al ver que nadie respondÃa: