JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Está durmiendo.
—¿Es hombre o mujer?
—Mujer.
—Pues dile que estoy pronto a darle por su caballo cuatro duros.
—¡Vaya un capricho!
—Añade, si quieres, que es un antojo del rey.
—¿Del rey?
—SÃ.
—Ea, ¿pretendéis hacerme creer que vos sois el rey?
—No, pero lo represento.
—¿Qué lo representáis? —dijo el campesino quitándose rápidamente el sombrero.
—SÃ, date prisa, que urge —contestó el hércules mirando atentamente a lo largo de la carretera.
—Descuidad, hablaré con la señora enseguida que despierte.
—¡Ya!; pero yo no puedo aguardar tanto tiempo.
—Entonces, ¿qué haremos?
—Despertarla. ¡Pardiez!
—¡Ay!, no me atrevo.
—Pues espera; allá voy yo a quitarle el sueño —dijo el personaje que pretendÃa representar a Su Majestad, aproximándose para llamar al postigo superior con un látigo con puño de plata.