JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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La mano tenía ya alzada para llamar cuando se detuvo al ver una silla de posta que hacia aquel punto se dirigía a escape, tirada por cuatro caballos, y le era sin duda muy conocida, pues corrió a su encuentro con una precipitación que hubiera honrado al caballo árabe, cuya posesión deseaba.

Venía en este carruaje la viajera, ángel tutelar de Gilberto.

Le hacía señas al postillón al ver aquel hombre que detuvo sus caballos, pues ignoraba dónde quería pararse la viajera.

—¡Chon, querida Chon! —gritó el extranjero—, ¡vamos, has llegado ya, sea enhorabuena! ¡Dios te guarde!

—Sí, Juan, ya llegué —contestó la viajera que había sido interpelada con tan particular nombre—, ¿y tú qué es lo que haces?

—¡Vaya una pregunta!, te estoy aguardando —contestó el hércules saltando sobre el estribo. Pasó los brazos por la portezuela y estrechó a la joven llenándola de besos. Pero fijándose en Gilberto, que ignorante de las relaciones que existían entre estos nuevos personajes que hemos introducido en la escena, miraba con enfado semejante al perro a quien arrebatan un hueso:

—¡Demonio!, ¿qué traes ahí? —preguntó.


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