JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—No, señor —contestó la joven cerrando la ventana.

—Está visto, tengo hoy mala suerte: no puedo encontrar quien venda ni alquile. ¡Pero, por vida de Sanes, he de llevarme el árabe, y reventaré estos rocines! Patricio —dijo volviéndose hacia su lacayo que obedeció enseguida—. Ven acá.

—Engancha a escape.

—¡Acá, mozos! ¡Acá! —gritó el posadero.

Acudieron dos palafreneros a estas voces.

—¡Vizconde! ¡Juan! —exclamaba la viajera pretendiendo, aunque inútilmente, abrir la portezuela—: ¿Estás loco?; mira que esos pícaros van a matarnos.

—¡A matarnos! Nosotros sí que no vamos a dejar uno con vida: somos tres contra tres. ¡Ea, joven filósofo! —añadió dirigiéndose a Gilberto, que lejos de moverse permanecía impasible en el carruaje—. ¿Oyes?, ¡abajo!, ¡abajo!, y nos ayudarás a dar garrotazos, pedradas, pescozones o lo que creas más conveniente. ¿No oyes? ¡Por Cristo, que según estás arrinconado, pareces un santo de yeso!

Gilberto quiso conocer el deseo de su protectora y le dirigió una mirada inquieta y suplicante. La dama le detuvo por el brazo.

Mientras esto ocurría, se desgañitaba el maestro de postas dando voces y tirando de los caballos que Juan sujetaba con todas sus fuerzas.


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