JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Por fin llegó el término de aquella lucha. Hostigado, fatigado e impacientado, el vizconde propinó tan recia puñada al defensor de los caballos, que este cayó rodando a un estanque en medio de los patos y gansos espantados.
—¡Socorro!, ¡qué me matan! ¡Al asesino! —gritaba el posadero, en tanto que el vizconde, que sabÃa lo que valÃa cada minuto, se daba prisa a enganchar—. ¡Socorro! ¡Qué me matan! ¡Al asesino! ¡Favor al rey! —repetÃa aquel, confiando en que los dos palafreneros le ayudasen.
—¿Quién pide favor al rey? —gritó un hombre a caballo que entró a galope en el patio de la casa de postas y paró, en medio de los actores de aquella escena, su caballo fatigado y sudoroso.
—¡M. Felipe de Taverney! —murmuró Gilberto, encogiéndose para ocultarse cuanto le fue posible en un rincón del coche.
Chon, que en todo estaba, pudo oÃr el nombre del jinete.