JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XXII

Observando la curiosa escena que principiaba a atraer a todos los niños y mujeres de aquella población en la puerta de la hostelería, el joven teniente de gendarmes reales apeóse de su caballo, y el maestro de postas acudió así que pudo verle, a echarse a los pies de aquel inesperado protector que la Providencia le deparaba.

—¿No sabéis lo que sucede, señor oficial?

—No, amigo mío —contestó con frialdad Felipe—; pero podéis contármelo.

—Es que pretenden llevarme a viva fuerza los caballos de Su Alteza Real.

—¿Quién se atreve a tanto? —preguntó aquel abriendo, asombrado los ojos, como un hombre a quien refieren una cosa increíble.

—El señor —contestó el posadero, refiriéndose al vizconde.

—¿El señor? —repitió Felipe.

—Sí…, yo, yo —repuso Juan.

—Estáis equivocado —añadió Taverney moviendo la cabeza—; o el señor está loco, o no es caballero.

—El que está equivocado sois vos sobre ambos extremos, mi querido teniente —replicó el vizconde—: Tengo muy firme la cabeza, y estoy habituado a subir en los coches de Su Majestad.


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