JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Observando la curiosa escena que principiaba a atraer a todos los niños y mujeres de aquella población en la puerta de la hostelerÃa, el joven teniente de gendarmes reales apeóse de su caballo, y el maestro de postas acudió asà que pudo verle, a echarse a los pies de aquel inesperado protector que la Providencia le deparaba.
—¿No sabéis lo que sucede, señor oficial?
—No, amigo mÃo —contestó con frialdad Felipe—; pero podéis contármelo.
—Es que pretenden llevarme a viva fuerza los caballos de Su Alteza Real.
—¿Quién se atreve a tanto? —preguntó aquel abriendo, asombrado los ojos, como un hombre a quien refieren una cosa increÃble.
—El señor —contestó el posadero, refiriéndose al vizconde.
—¿El señor? —repitió Felipe.
—SÃ…, yo, yo —repuso Juan.
—Estáis equivocado —añadió Taverney moviendo la cabeza—; o el señor está loco, o no es caballero.
—El que está equivocado sois vos sobre ambos extremos, mi querido teniente —replicó el vizconde—: Tengo muy firme la cabeza, y estoy habituado a subir en los coches de Su Majestad.