JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¿Cómo es posible, siendo como acabáis de decir, que os atreváis a faltar a la princesa, arrebatando sus caballos?

—En primer lugar, aquí hay sesenta, y Su Alteza sólo necesita ocho; sería una gran desgracia si al tomar tres al azar me llevase precisamente los suyos.

—Verdad es que hay los que habéis dicho. No niego que la princesa sólo se sirve de ocho; pero no es motivo para que dejen de pertenecer a Su Alteza desde el primero hasta el último, y no podéis conocer los que están destinados para su servicio.

—Muy pronto veréis, sin embargo, lo contrario —repuso el vizconde irónicamente—, puesto que me llevo el tiro. ¡Es decir, que os proponíais que yo caminara a pie, mientras esa chusma de lacayos corría con cuatro caballos! ¡Vive Dios! ¡Que se conformen con tres, y gracias!

—Si los lacayos van con cuatro caballos —dijo Felipe alargando hacia el vizconde su brazo para disuadirle de aquella terquedad—, es porque el rey así lo ordena. Por esta causa tendréis la bondad, caballero, de disponer que vuestro criado lleve esos caballos al sitio de donde los habéis tomado.

Dijo aquellas palabras con tanta firmeza como cortesía, y a no ser un impolítico, era preciso responder con alguna delicadeza.


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