JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No creo que fuera en vos desacertado tomar como parte de vuestra consigna cuidar de estos animalitos; pero desconocÃa hasta ahora que los gendarmes reales hubiesen ascendido al decoroso empleo de palafrenero. Conque haced la vista gorda, amigo mÃo, y buen viaje.
—¡Caballero!, repito que os equivocáis, pues sin haber ascendido o descendido al grado de palafrenero, lo que hago en este momento está dentro de mis atribuciones; pues Su Alteza me envÃa para cuidar que estén dispuestos sus tiros.
—¡Ah! Entonces es otra cosa —repuse Juan—; pero, mi teniente, me permitiréis os advierta que es poco honroso ese servicio, y si esa joven comienza a tratar de ese modo al ejército…
—¿De quién os atrevéis a hablar en tales términos, caballero? —interrumpió Taverney.
—¡Voto va!, de la austrÃaca.
—Y os atrevéis a decir… —gritó palideciendo el joven.
—No sólo me atrevo a decir, sino también a hacer —añadió Juan—. Vaya, amigo Patricio, engancha cuanto antes, que tenemos prisa.
—Caballero —dijo tranquilamente Felipe cogiendo la brida del primer caballo—, ¿podréis hacerme la merced de decirme quién sois?
—Si os empeñáis…
—Os lo ruego.