JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Si persistÃs, señor, en desconocer que es mi más encarnizado enemigo, yo, por mi parte, no puedo ignorarlo; pues ni aun quiere tomarse la molestia de encubrir el odio que me profesa.
—Entre aborrecer y asesinar, querida condesa, hay una diferencia muy grande.
—Para los Choiseul ambas cosas son lo mismo.
—¡Ah, querida amiga!, vuelta a las razones de Estado.
—¡Dios mÃo! Ved, M. de Sartine, si no hay razón para desesperarse.
—No, señora, si lo creéis…
—Lo que creo es que no me defendéis, y aun añadiré que estoy convencida de que me abandonáis —gritó irritada la favorita.
—Vamos, vamos, no os molestéis, condesa —repuso Luis XV—: No sólo no seréis abandonada, sino que seréis defendida, y tan bien…
—¡Tan bien!
—SÃ, tan bien, que ha de costar muy caro al agresor de ese pobre Juan.
—SÃ, justamente; destruiréis el instrumento, y estrecharéis la mano.
—¿Es injusto tal vez castigar al que ha cometido el atentado?, ¿a ese M. de Taverney?